Neumonía: síntomas y tratamiento

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i Neumonía: síntomas y tratamiento

La palabra Neumonía es el término médico utilizado para describir la presencia de infección en uno o ambos pulmones y que puede ser causado por bacterias, virus, hongos y parásitos.

Estos agentes afectan los alvéolos pulmonares, pequeñas estructuras responsables del intercambio de oxígeno y dióxido de carbono en la sangre, provocando que se llenen de líquido o material purulento, por lo que mientras más intensa es la infección más aumenta el riesgo de insuficiencia respiratoria.

¿Qué causa la neumonía?

La enfermedad es causada por una variedad de agentes patógenos presentes en el aire o suelo, como bacterias, virus, hongos y parásitos.

Se considera que hay más de 1.000 microorganismos de estos cuatro tipos que pueden provocarla, aunque la gran mayoría de los casos son provocados por una variedad de apenas 5 ó 6 de ellos.

Aunque el cuerpo cuenta con mecanismos para impedir la entrada de agentes patógenos a los pulmones, en ocasiones los mismos logran entrar aprovechando un decaimiento temporal de la salud, exposición al frío u otras condiciones ambientales que debilitan temporalmente los mecanismos de defensa del organismo.

Además de los agentes causantes, los médicos toman en cuenta también el medio ambiente en que la persona se encontraba al momento de iniciarse la infección.

En este caso, se considera como más frecuente la neumonía adquirida en el entorno diario o comunidad donde vive la persona y generalmente el patógeno causante es una bacteria, virus u hongo.

Entre las bacterias destaca la Streptococcus pneumoniae (neumococo), considerada la causante de la mayoría de casos en el continente americano y que suele aparecer tras un resfrío.

Las Chlamydias pneumoniae también se ubican en esta categoría, así como las Mycoplasmas pneumoniae.

Cuando el agente causante es un hongo, es posible que la exposición tuvo lugar al entrar en contacto con tierra o heces de aves.

Este tipo de agente afecta principalmente a personas con cuadros médicos crónicos pre-existentes o con un sistema inmunitario débil por tratamientos con fármacos o VIH.

Entre los más comunes están la Cándida y la Pneumocystis jiroveci.

En cuanto a los virus, hay varios tipos de patógenos causantes de la gripe que también pueden provocar neumonía, sobre todo en niños que no sobrepasan los 5 años de edad.

El virus de la influenza también se incluye en esta categoría por estar relacionada con numerosos casos de gripe que derivaron en cuadros de neumonía en niños, adultos y adultos mayores.

También hay casos causados por el ingreso de restos de alimentos a los pulmones, que se descomponen y generan un cuadro infeccioso, así como por la acción de agentes químicos que provocan la inflamación de los alvéolos.

Un segundo tipo de neumonía es el que se adquiere en centros hospitalarios mientras la persona es atendida por otra dolencia.

Esta es considerada más grave debido a que el paciente ya presenta una condición comprometida en su sistema inmunológico y el patógeno presente en estos centros de salud suele desarrollar una mayor resistencia a los antibióticos y fármacos utilizados para combatirlo.

Se considera de alto riesgo de contagio de este tipo de neumonías a las personas en unidades de cuidados intensivos que están conectadas a respiradores, pacientes atendidos regularmente en centros de diálisis o quienes trabajan o pasan largas temporadas en los centros de salud, como personal médico y de enfermería.

Durante las últimas décadas diversos estudios han determinado que el fumar en exceso incide directamente en la posibilidad de contraer neumonía, pues los químicos presentes en el tabaco dañan progresivamente los mecanismos de lucha de los pulmones contra cualquier agente externo que ingrese a ellos.

¿Cuáles son los síntomas de la Neumonía?

Sus síntomas suelen aparecer de manera rápida con un rango de intensidad de moderado a grave según la edad, condición física anterior y el agente que cause la neumonía.

En los casos moderados, pueden parecer similares a los de un resfriado, aunque se distinguen porque duran mucho más tiempo.

La lista de síntomas de la neumonía incluye dificultad para respirar y dolor en el área toráxica al inspirar aire o toser, tos con flema amarillenta o verdosa, cansancio general, fiebre de hasta 40,9 grados Celsius, escalofríos y sudoración.

Cuando la capacidad de los pulmones para intercambiar oxígeno y dióxido de carbono está muy comprometida, el afectado puede presentar labios azules, señal de que su sangre no tiene suficiente oxígeno para llevar a los músculos y órganos.

En adultos mayores, a partir de los 60 años, pueden presentarse síntomas de desorientación o problemas de percepción, así como una temperatura corporal baja.

En algunas personas se pueden presentar también problemas gastrointestinales como vómitos, náuseas y diarreas de diferente intensidad.

Los niños muy pequeños y neonatos pueden llegar a no mostrar signos visibles de neumonía, o por el contrario, tener fiebre y tos y parecer cansados o con menos energía de lo habitual.

También los pacientes de Neumonía pueden presentar problemas para respirar y comer.

Es importante atender cuadros gripales que no terminan de curarse, pues muchas veces la neumonía deriva de una infección viral mal tratada.

Sobre todo, debe entenderse que la neumonía es una enfermedad potencialmente peligrosa para los bebés y niños de poca edad, así como para las personas mayores de 60 años y pacientes con problemas cardíacos o que sufren enfermedades respiratorias crónicas.

Los pacientes con insuficiencia renal o cardíaca, cirrosis hepática, pacientes con Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) o que usan medicamentos inmunosupresores suelen ser vulnerables a la aparición de cuadros de neumonía de manera recurrente.

Quienes reciben quimioterapia y fármacos que debilitan el sistema inmunológico deben ser observados muy de cerca para detectar la aparición de cualquier síntoma sospechoso de una infección.

¿Qué tratamientos existen para la Neumonía?

En todos los casos, es importante acudir al médico para ser evaluado y poder definir el tratamiento más adecuado.

El diagnóstico médico incluye tanto exámenes físicos a pulmones y glándulas de la garganta como radiografías de pulmones y la revisión del sonido del aire y salir de estos.

Estos determinarán la ubicación de la infección y el tipo de estructura pulmonar que está más afectada, ya sea que afecte un grupo de alvéolos o un lóbulo pulmonar completo, bronquiolos, zona del intersticio o incluso la presencia de necrosis o abscesos en el parénquima pulmonar.

También se deberán realizar exámenes de sangre y en el caso de infecciones por bacterias se puede determinar su tipo a través de un estudio de laboratorio del esputo.

Las radiografías, o incluso tomografías computarizadas, son muy valiosas para determinar el nivel de obstrucción de los bronquios y alvéolos en los pulmones.

El tratamiento de la neumonía implica tanto curar la infección como prevenir o minimizar cualquier complicación y en la mayoría de los casos no se requiere hospitalización.

Cuando la causa es una bacteria se utilizan antibióticos orales, aunque en el caso de los casos más graves se puede requerir tratamiento especializado o incluso una hospitalización y la aplicación de medicamentos intravenosos.

Fármacos como la amoxicilina, ceftriaxona, moxifloxacino, claritromicina, levofloxacino y azitromicina son muy eficientes para su tratamiento.

Para la neumonía más común, causada por la bacteria Streptococcus pneumoniae, fue creada una vacuna que se aplica a niños y personas mayores de 50 años, pero su efectividad se limita solo a este agente patógeno.

En términos generales, el tratamiento comienza a dar resultados en pocos días, aunque la sensación de fatiga y el cansancio generado por los cuadros de tos previos pueden tardar más tiempo en desaparecer.

Al respecto, para completar el combate a la infección se suelen recetar medicamentos para controlar la tos, de manera que el paciente pueda descansar del continuo esfuerzo al que se someten sus músculos toráxicos y pulmones.

También se recetan fármacos para la fiebre y analgésicos como el ibuprofeno, paracetamol y la aspirina, entre otros ampliamente disponibles en el mercado.

¿Cómo se puede prevenir un contagio de neumonía?

Lo más importante es mantener una buena salud y aplicar técnicas de higiene tanto para el cuerpo como para los alimentos que se ingieren.

El dormir suficientes horas y una alimentación que incluya una buena proporción de vegetales y frutas es vital para mantener en óptimas condiciones el sistema inmunológico.

La aplicación de la vacuna contra el neumococo y contra el virus de la influenza también protegerá contra las dos variedad de neumonía causadas por estos agentes.

Esto es muy importante para los niños de escasa edad y adultos de más de 65 años, enfermos cardíacos crónicos o quienes hayan sufrido la extirpación del bazo.

Otra medida importante es atender de inmediato con un médico cualquier tos que empeore después del tercer o cuarto día o acudir de inmediato por atención si llega a toser con sangre o expulsar esputo con olor fétido.

Se recomienda un lavado regular de las manos, especialmente antes de manipular alimentos, al regresar de la calle del trabajo o de hacer compras o al estar en contacto con personas que presenten cuadros gripales.

Una buena práctica preventiva es portar desinfectante para las manos y usarlo regularmente mientras se está fuera del hogar.

ADVERTENCIA: Este artículo no debe considerarse como un equivalente de una consulta médica profesional. Consulte a su médico de confianza ante cualquier duda sobre este u otro tema relacionado con su salud.

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